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Comunidad Arché.
Años atrás invité a todos los miembros de la Fundación Arché que quisiesen, a constituirnos libremente como una Comunidad que se incorporase a la Iglesia bajo la forma canónica de una Asociación Privada de Fieles. Esta invitación no implicó de mi parte, ni de parte de los invitados, la existencia de ninguna revelación, o aptitud, o disposición, o excelencia especial que nos hubiese hecho merecedores de alguna experiencia extraordinaria que quisiésemos por tanto acrecentar y comunicar a través de dicho medio. Sí, por el contrario, teníamos experiencia probada tanto de nuestra fe como de nuestra incapacidad para vivirla plenamente.
Con perspectiva histórica compruebo que siempre fue así: ya la misma experiencia de fe que nos animó a iniciar la Fundación Arché estaba al mismo tiempo tan sobrecargada por el peso de nuestra ceguera ideológica y la división de vida, como iluminada y fortalecida por la gracia del Espíritu de Dios (que, además, era apenas barruntado por nosotros).
Y fue este auxilio el que nos permitió, contra nuestro previsible fracaso, profundizar en tal modo nuestra experiencia comunitaria de Cristo como Camino, Verdad y Vida, que nos fue regalando una cada vez mayor libertad en le entrega cada vez mayor al designio amoroso y gratuito de la infinita libertad de Dios.
Y así nos fue conduciendo por donde no esperábamos ir. Y así avanzamos hasta hoy en que, como bautizados, y a pesar de la opinión de muchos eclesiásticos y laicos, queremos realizar nuestra misión como Institución de y al servicio de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, visible e invisible: único sujeto real de la Historia de Salvación del hombre.
Tenemos conciencia que elegimos este camino sin tener plena certeza de que sea el que verdaderamente Dios quiere para nosotros, pero también tenemos conciencia que sí lo elegimos en la plena confianza que de no ser así, Él nos lo hará saber y será precisamente eso lo que haremos, pues no queremos otra cosa que lo que Él quiera para nosotros.
Los fundadores de esta Comunidad somos aquellos miembros de la Fundación Arché que, en seguimiento filial a la gracia recibida, seguimos diciendo sí a un camino de mayor profundización en la misión. Misión que percibimos al principio como “… la búsqueda, difusión y realización de la verdad en el ámbito antropológico desde una cosmovisión católica, para cumplir así con el compromiso asumido ante Dios, la Comunidad Nacional y la Persona Humana”. Misión en la que luego fuimos profundizando y que en Marzo de 1995 la reformulé de este modo para la Fundación Arché: “ ‘Mientras se aproxima el tercer milenio de la nueva era’, (Tertio millenio adveniente), queremos ofrecer a nuestra sociedad poscristiana esta experiencia de salvación que estamos viviendo en el ámbito específico de las ciencias del hombre, para que a través de esos saberes y esas praxis la Gloria del Dios Uni-Trino resplandezca en toda su verdad y bondad en la dramaticidad de la existencia humana. Como la fe nos ilumina en que ‘para todos -judíos y gentiles- la salvación no puede venir más que de Jesucristo’ (Redmptoris missio), asumimos que ‘la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo’ (Redemptor hominis)”.
Misión que nos lleva hoy a fundar esta Comunidad con la finalidad de ayudarnos mutuamente a que se haga verdadero en nosotros el cristianismo; en otras palabras, es una profundización que nos lleva a fundar una Comunidad que nos ayude a ser verdaderos testigos de la gloria del amor de Dios al mundo. Y digo que esta profundización “nos lleva”, pues no fundamos esta Comunidad porque queramos sino porque sabemos que tenemos que hacerlo y por esto mismo es que la queremos fundar: no es expresión de nuestra perfección espiritual sino de una mayor conciencia de que a pesar de nuestras debilidades e inconstancias queremos seguirlo a Cristo cada vez más incondicionalmente, pues: “¿A quién podríamos seguir? Tú tienes palabras de vida eterna”. Y este seguimiento personal intransferible no es posible para nosotros, dada la historia de gracia de nuestra experiencia, sin la adoración y sin la comunión: que dando testimonio, adoremos, y adorando, demos testimonio.
Esta misión de acompañamiento mutuo en la adoración y el testimonio no está reducida a los miembros de la Fundación de la que nace, sino que está dirigida a todos los hombres, sean o no católicos, sean o no cristianos, sean o no creyentes. A su vez, la espiritualidad de la que surge, producto de la concreta historia de gracia de nuestra experiencia, se nos revela hoy plenamente Trinitaria y caracterizada básicamente por el amor y la libertad, por la unidad y la comunión, la misión y el anonadamiento.
Por último, quiero dar testimonio de que en este camino de profundización en la misión han sido centrales para la formación teórica y práctica de nuestro corazón, tanto Juan Pablo II como Hans Urs von Balthasar.
Alberto J. Fariña Videla
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